Por qué procrastinamos incluso cuando sabemos qué hacer
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Sé perfectamente qué tengo que hacer, pero no lo hago.
¿Alguna vez te pasó? A mí sí. Más de una vez.
Muchas veces me pregunté: ¿cómo puede ser que sepa exactamente qué tengo que hacer y, aun así, no lo haga?
La respuesta no siempre es la misma.
A veces hay razones emocionales: miedo a fracasar, miedo al resultado, incluso miedo a que las cosas salgan bien. Otras veces, simplemente nos da miedo empezar.
También puede haber una sobrecarga mental. Tenemos tantas cosas dando vueltas en la cabeza que, aunque sabemos que necesitamos avanzar, no logramos decidir por dónde comenzar.
Quizás estamos cansados, tenemos poca energía, nos encontramos frente a una tarea que no nos resulta atractiva o intentamos abordar un proyecto tan grande que parece imposible de terminar.
Y sí, otras veces lo que nos falta es claridad.
Pero acá hay una distinción importante: no toda procrastinación nace de la falta de claridad. Y tener claridad tampoco garantiza que vayamos a actuar.
Entonces, ¿para qué necesitamos claridad?
La claridad nos da dirección.
Entre todas las cosas que podríamos estar haciendo, nos ayuda a reconocer qué importa ahora, qué es prioritario y qué puede esperar.
Por eso me gusta pensarla como una especie de filtro mental.
Cuando todo parece importante, nuestra atención se reparte entre demasiadas cosas. Pensamos en lo que tenemos que hacer, en lo que dejamos pendiente, en lo que deberíamos haber hecho ayer y en lo que tendremos que resolver mañana.
Hay mucho movimiento mental, pero no necesariamente avance.
La claridad ayuda a bajar ese ruido. Nos permite elegir dónde poner nuestra atención y sostener el foco en aquello que decidimos hacer.
Pero podemos tener perfectamente clara nuestra dirección y, aun así, no movernos.
Tener claridad no siempre significa tomar acción
Supongamos que sabés exactamente qué querés conseguir.
Incluso sabés qué tarea deberías hacer hoy para avanzar.
Y, sin embargo, no la hacés.
¿Eso significa que sos una persona procrastinadora?
No necesariamente.
Quizás estás agotada y tu cuerpo o tu mente no tienen, en ese momento, la energía necesaria.
Quizás la tarea genera cierta resistencia porque no te resulta atractiva.
También puede haber miedo detrás de esa postergación: miedo a empezar, a equivocarte, al resultado o a enfrentarte a lo que pueda ocurrir después.
O quizás el problema esté en la dimensión de la tarea.
“Crear mi página web.”
“Escribir un ebook.”
“Lanzar un nuevo producto.”
Podemos tener claridad sobre el objetivo y, sin embargo, seguir sin saber qué hacer ahora.
Cuando una tarea es demasiado grande o el resultado está muy lejos, podemos sentir que trabajamos y trabajamos sin llegar nunca. Nos falta esa pequeña sensación de avance que nos confirma que realmente nos estamos moviendo.
Por eso, muchas veces no necesitamos exigirnos más.
Necesitamos hacer la tarea más accionable.
De una intención a una acción concreta
Acá entran los verbos accionables.
Una intención puede mostrarnos hacia dónde queremos ir, pero todavía necesitamos convertirla en algo que podamos ejecutar.
“Quiero lanzar un producto” expresa una intención.
“Escribir la descripción del producto” ya empieza a mostrar una acción.
“Escribir el primer borrador de la descripción durante 20 minutos” nos permite ver con mucha más claridad cuál puede ser el siguiente paso.
No resolvimos todo el proyecto.
Pero ahora sabemos qué podemos hacer.
Y ese pequeño cambio importa, porque convierte algo que existía principalmente en nuestra cabeza en una acción posible.
¿Y si dejamos de usar la procrastinación como una etiqueta?
Cuando no hacemos algo que sabemos que deberíamos hacer, es fácil caer en frases como:
“Estoy procrastinando otra vez.”
“Siempre hago lo mismo.”
“Soy una procrastinadora.”
Pero esas etiquetas no explican qué está pasando.
Mucho menos nos dicen qué necesitamos para avanzar.
Podemos intentar algo diferente: usar esa falta de acción como información.
En lugar de juzgarnos enseguida, podemos detenernos un momento y preguntarnos:
¿Qué me está pasando ahora?
Tal vez descubramos que, en realidad, no sabemos por dónde empezar.
O que necesitamos descansar.
Que la tarea es demasiado grande.
Que hay algo que nos genera miedo.
O, simplemente, que estamos intentando sostener demasiadas cosas al mismo tiempo.
Entonces podemos hacernos otras dos preguntas:
¿Cuál es el pequeño paso que me acerca a mi objetivo?
¿Qué puedo dejar de lado para liberar espacio?
Las respuestas serán diferentes según lo que esté ocurriendo. Y justamente de eso se trata.
Si el problema es la falta de claridad, necesitaremos definir.
Si la tarea es enorme, necesitaremos dividirla.
Si estamos sobrecargados, quizás tengamos que quitar algo.
Y si sabemos perfectamente qué hacer, pero estamos agotados, probablemente otra lista de tareas no sea la solución.
La claridad como puente hacia la acción
La claridad no hace el trabajo por nosotros.
Tampoco elimina mágicamente la procrastinación.
Lo que sí puede hacer es ayudarnos a ver con mayor precisión qué queremos hacer, qué importa ahora y qué está dificultando que avancemos.
Y, desde ahí, podemos decidir.
Porque pasar de una intención a una acción no siempre requiere más fuerza de voluntad.
A veces necesitamos claridad.
Otras veces, descanso.
Quizás dividir una tarea.
Dejar algo afuera.
O simplemente animarnos a dar un primer paso mucho más pequeño del que habíamos imaginado.
Para mí, el recorrido puede resumirse así:
Intención → Claridad → Decisión → Acción.
Y quizá, antes de volver a decir “estoy procrastinando”, valga la pena hacernos una pregunta mucho más útil:
¿Qué necesito ahora para poder dar el próximo paso?